Editorial

Incendios (I): Dolor

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El martes en la tarde, luego de cinco días de incendios devastadores, finalmente pudieron ser controlados (no 100% extintos) los principales focos, lo que permitió dar por superada la emergencia en el Gran Valparaíso gracias al denodado esfuerzo de casi dos mil bomberos provenientes de 80 cuerpos en siete regiones del país. Una tarea que -como en otras situaciones de este tipo- nunca es lo suficientemente reconocida.

Miles de personas necesitan contención sicológica y emocional, porque lo vivido en estos días ha sido profundamente traumático.

Ahora que buena parte de la atención del país se ha volcado comprensiblemente hacia otra noticia lamentable -el sorpresivo fallecimiento del expresidente Piñera en un accidente en helicóptero-, es clave que ello no opaque una urgencia mayor: la situación de las decenas de miles de damnificados por los incendios, así como el trauma de familias enlutadas por al menos 131 muertos, en el último conteo, una cifra desoladora que debe mover tanto a la acción ágil y eficaz de las autoridades, como a la solidaridad de todos los chilenos.

Se trata de una grave crisis humanitaria que es preciso enfrentar como tal, esto es, con prontitud y decisión. El gobierno ya ha puesto en práctica instrumentos como la Ficha Básica de Emergencia (FIBE), la donación de bienes usados en la Villa Panamericana, además por supuesto de coordinar diversos trabajos a través del MOP y distintas entidades; la banca y otras empresas han anunciado facilidades de pago adicionales y suspensiones de cobro, etc., para aliviar la carga de los afectados. También se conocen generosas donaciones internacionales que sin duda son muy bienvenidas, y deben ser eficientemente gestionadas.

Eso y mucho más deberá ser complementado con medidas de contención sicológica y emocional, porque lo vivido en los últimos días ha sido profundamente traumático para miles de personas que necesitarán ayuda, tanto desde el Estado como la sociedad civil. A menudo el costo de estas tragedias se mide excesivamente en las pérdidas materiales, y poco en su dimensión más humana: el dolor. Considerar esta dimensión también supone, por cierto, un esfuerzo de los medios y las redes sociales (es decir, sus usuarios individualmente) por tratar con especial sensibilidad y respeto esta situación.

Como con otros desastres, superar este último exigirá lo mejor de todos.

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